domingo, 23 de diciembre de 2012

Historias de bares y sonatas

Me vio en las llanas fauces de los bares
y se enamoró menos de mi que de mi hablar,
creía que era bandido, perro y canalla
pero olvidó ver la tarjeta de presentación
en donde dice a puño y letra que
a pesar de mis dieciocho de personalidad
soy mas bueno que el pan
para esas cosas locas que trae las obligaciones de amar.

No pensaba ella que en vez de una patada le daría una carta
en la que sin tones ni sones
con la forma más cursi y detallada
le detallaría sin anestesia
que estoy dispuesto a jugar sin sus reglas de tomar y abandonar,
que a pesar de parecerlo con creces
no soy el tipejo anticuado que toma, goza y paga la cuenta
de los hoteles que nunca más se vuelven a visitar.

Pensó el trato pues dárselas de valiente con la realidad
no parecía sensato ni de valientes,
que poco racional es pensar que en una taberna de quinta
hay alguien dispuesto a anclar en los ojos de alguien más,
que triste creer que ella, acostumbrada a pasar,
se tuviera que quedar.
Que miedo da el hecho ineludible de ser cortejada
por alguien que aspira a algo más que una cama, un cigarrillo y una cara olvidada.

Como las cosas no siempre acaban bien
y menos aún cuando implica tener a la costumbre de rival,
la dama eligió al mejor postor, que no siempre es el mejor.
Indignado tomé la copa de licor que aún quedaba
y salí a paso raudo con el corazón humillado de soledad,
pensando que tal vez era la mejor opción a una pésima decisión.
Pero sólo la cabeza sabe de razones
mientras que el corazón sólo de latires.

No hay comentarios:

Publicar un comentario