martes, 31 de julio de 2012

CÍRCULOS (cuento1) (AVANCE)


María Elena era una mujer como pocas, de aquellas que a veces prefieren dejarlo todo por un buen día que vivir planeando una buena vida. No baila, no canta, no camina, pero siempre tiene algo que contar. Bueno, a veces canta, sobre todo cuando el amor toca la puerta y nadie abre a la hora puntual.

María Elena, siempre que puede, dice que no puede; pues son el destino y las cosas inexplicables de la vida, de la religión o de los astros las que designan un punto, una coma o un asterisco en el pergamino de su vida. Ella tiene buenas actitudes pero no buenas respuestas, aunque si muy buenas preguntas; le encanta el cielo por las tardes y el olvido por las noches, prefiere las manos como sapitos, a lo Cortázar, en las extremidades de otras... pues la cursilería no es para ella.

Pero como siempre hay un día roto para una persona descocida, convengamos (o mejor dicho creo convenir) en que la muchacha de la mirada perdida perdió un día en la vida por creer que las cosas son porque son y no porque deben hacerse. Osea, se dejo llevar, cual camarón dormido, por la corriente de las circunstancias.


Abril 20, 1986. Nuestra heroína se despierta entre sobresaltos y sudor frío, un tenue vaho de sus esencias cubren desde los dinteles hasta la almohada. Sus sábanas, aún húmedas, han perdido la comodidad y seguridad de la víspera, no pertenecen ya al listado de las cosas que ella ama de su alcoba. El único espejo de la estancia sigue en pie pero sin capacidad de reflejar, la humedad ha hecho su trabajo. Piensa ella "hoy no me mentirá". Las almohadas andan por los pisos, una de cada lado (esa costumbre de tener dos almohadas para una cabeza, como el insano hábito de tener dos problemas para una solución); el piso es el de siempre, pues los muertos no cambian, y continua vacía aún la cajita en la que guarda los recuerdos de amores pasados, por lo menos de los que si importan.

María (casi de Magdala) no recuerda algún motivo para este despertino sobresalto, no tiene razones para temer, para huir o siquiera para mentir. Pero las conciencias personales no mienten, nosotros mentimos pero nuestro "nosotros mismos" jamás. Alguna causa hay para este imprevisto, nadie se agita de a gratis. Nadie pide dos veces una explicación por algo que no vale la pena explicar.

Sudorosa aún, se tiende sobre las sábanas heladas para reflexionar sobre el episodio; piensa mucho en si debe algo a alguien o si en la semana causó algún dolor sin tomar en cuenta. Total, debe ser un cargo de conciencia y no una insatisfacción lo que aqueja el alma para que te mande llena de sudor a la mañana. Entonces busca en su banco de memoria, busca, busca y busca... Nada. No hay heridos ni caídos en esa semana maravillosa, ya transcurrida. No encuentra algo que justifique el exabrupto o que siquiera le mienta sobre el respecto. 

Casi media hora después de cavilar sobre el misterio, en un giro de testa, ve sobre la mesa de noche la caja vacía de recuerdos. Recuerda los amores fríos y las piernas ajenas. Recuerda los labios llenos de pasión, las caricias que la hacían volar y los cientos de rostros que no pudo recordar bien. Recuerda las cientos de despedidas, los cientos de amaneceres a solas y los cientos de notitas con un falaz "Gran noche, cuidate. Hasta la próxima". Pero también ha recordado que dejó las travesías para ser sedentaria, que ahora solo duerme con sus almohadas y que puede achacar a su impertinente juventud su desprolijo proceder.

Pero María (la de los ojos tristes) es abordada por la nostalgia al ver la cajita. No recuerda el día que juró dejar de ser quien era para ser quien no quería ser, deben ser ya casi diez años desde el suicidio de esa personalidad. Luego ve, como quien no quiere ver, un pétalo de rosa que cuelga de la pared más cerca a la caja. Un pétalo de rosa que alguna vez le trajo el mejor de los senderos y el sueño de vivir una vida mas libre que la que tenía hasta ese ayer. Recuerda esa pétalo en lugar de toda la rosa pues fue con esa parte de vegetal que conoció al único hombre que no le mintió tanto. Sí, ella recuerda que la engañó pero también recuerda que lo amó y que él también la amó.

"Sería lindo volverme a enamorar, pero a mis treinta y tres sólo sirvo para trabajar y para el sexo.. Ah si, también para trabajar.", se dice antes de pensar en alguna otra oportunidad. Ahora se levanta, dejando en la cama sus nostalgias; mira el pétalo, como cada mañana, y le da las gracias antes de partir con sus enseres al baño para ritual eucarístico del aseo.

Desayunada en la calle (maldición de los que viven a solas) arriva al trabajo con horas de ventaja. Ya no piensa tanto en su sudor matinal, pero como cada día, deja en la puerta del autobús una lágrima en honor al pasado que no volverá. A dos calles de su oficina, en la que es secretaria bilingüe, hacendosa y muy eficiente, recuerda que hoy el su jefe no irá a trabajar por algo que ella jamás conoció, algo de nombre vacaciones.

La oficina es el curso normal que debe tomar una persona que desea ser normal, gente que viene y que va sin que alguien los espere en alguna parte (grande Mafalda); papeles llenos de letras que no dicen mucho que relevar, lapiceros, clips y tantas cosas más de esas que dan a luz las librerías. En un día común, como el de hoy, siempre suele llegar directo sin saludar. Pasa por alto las miradas de los acompañantes al trabajo que la buscan para un "Buenos Días" y se enorgullece de que aún hoy, a sus treinta y tres, muchos de los varones ahí también varados intenten desnudarla con los ojos. Pero tampoco es exageración ni drama, pues sólo tiene treinta y tres. Osea, la flor de la juventud por segunda vez. La muchacha conserva sus encantos aunque sin menos aristocracia que en su primera juventud.

Una oficina pequeña contigua a la gran oficina del hoy ausente mandamás hacen su mundo de lunes a viernes. Un mundo personal de pocos metros cuadrados que le dicen a diario que ella es alguien más y no ya ese alguien especial. Que nunca fue, pero que supo perfectamente parecer.

El día laboral inicia entre los sobresaltos del trabajo pendiente: documentos por aquí y por allá, firmas que hoy no serán, gramática específica, sintáxis técnica y una que otra traba burocrática que no se puede doblegar. Nada como un día conocido para dar seguridad, nada con un infierno familiar que nos acostumbra al dolor de pocos y sin reservas.

No hay varón que le saque los ojos de encima cuando camina, sus faldas ceñidas y cortas (un poco por encima de la rodilla), sus castaños cabellos y sus ojos verdes que se escapan del rostro a cada golpe de vista. Es el deseo de cada uno de ellos y se habla por debajo de las mesas que ella está ahí por su falda y no por su quehacer y saber. Muchos harían mucho por llevarla a la cama y comprobar que la piel casi aria de su rostro hace juego con la su muslos; todos coinciden en decir y afirmar que sin ella la oficina sería algo menos que aburrida, pues para cada día malo ella tiene algo que regalar al caminar. Como buena mujer, es sólo el símbolo sexual de aquellos que no la pueden alcanzar y murmuran, a escondidas, que siempre alguien más la puede alcanzar.

María de Magdala tiene una casi amiga, digo casi porque las edades no coinciden y por tanto no pueden salir a pasear. Se llama Irene, tiene 50 años y fue la antigua secretaria del mandamás. Se le dio de baja por edad, como a casi todo en la vida, pues las arrugas de las mujeres no combinan con los negocios.

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